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«¡Qué se jodan!»: análisis de American Fiction

«¡Qué se jodan!» fue lo primero que pensé cuando terminé de ver Ficción Americana (American Fiction, 2023). Una película que sacó lo mejor y lo peor de mi, e hizo aflorar una serie de elocuentes comentarios con mis allegados, ante de aterrizar en la fuente de todo el problema: la película es demasiado cercana a la realidad y muy alejada de la ficción. Les presento entonces, «¡Qué se jodan!»: análisis de American Fiction


En el cine tenemos el término suspensión de la realidad, lo que significa que cuando una persona se sienta a ver una película, su entorno se vuelve invisible y esa obra de celuloide se convierte en su único mundo. Se olvida de lo que esté pasando en su vida, bueno y malo, y acepta lo que ocurre en pantalla como su única realidad.



El ser humano asiste al cine con la finalidad de experimentar ese pico de dopamina, cortesía de la suspensión de la realidad. Y eso es lo que yo, como butaquero (término que me acuñé para mi mismo con tal de definirme como un fan de llenar butaca en el cine siempre que pueda) busco al ver el cine.


Sin embargo, Ficción Americana (American Fiction, 2023) no me suspendió mi realidad. Más bien, contrajo mi mundo real a una pantalla extendida que trajo recuerdos y vestigios de sentimientos. La película nos cuenta la historia de Thelonious "Monk" Ellison. Un escritor afroamericano muy inteligente que se ha hecho de un modesto éxito en California, donde sus libros, aunque no son bestsellers, son libros respetados. De pronto, la carrera de Monk da un giro al notar como cierto tipo de libros masivos que pintan la vida de los afroamericanos de forma más ¿coloquial? comienzan a vender desmedidamente. Estos libros, no dan la profundidad ni la importancia a los afroamericanos que Monk busca, pero son libros que venden. Es por eso que Monk decide, a manera de chiste, escribir un libro parecido a la tendencia que funcione como mofa. Sin embargo, no cuenta con que el libro sea un éxito y que quiera ser adquirido por la módica suma de $750,000 y un jugoso contrato cinematográfico de $4 millones de dólares.


¿A qué viene todo esto? Al final de cuentas, como conversaba con una colega escritora el otro día, el negocio está por encima del arte. En especial cuando una librería te pide (a manera de broma esperaría yo) sólo 5 copias de tu libro recién publicado en el que has invertido tiempo, dedicación y en especial...dinero. Todo esto, antes siquiera de que una editorial decidiese apostar por mi talento. Si va a vender, todos lo quieren. Si va a ser profundo e importante, quizás te pidan unas 5 copias nada más, para aquellos que si sabemos apreciar lo que las letras tienen por ofrecer.


Ficción Americana nos ilustra, de una manera jocosa y muy particular, la penosa y dura vida de ser escritor, cualquiera que sea el éxito que tengamos, como sea que se mida ese nivel de éxito. Nos muestra la realidad de como tenemos que sacrificar el talento, por el alimento masivo que se nos pide. Y ojo, sin señalar a nadie, lo digo a nivel general. Hay culpables en ambos bandos. Tanto el nuestro, como autores que nos dejamos llevar por la necesidad de vender, como del lado de las editoriales, distribuidoras y en especial, librerías, que se enfocan en el negocio más que en el arte de lo que intentamos hacer.


Y tampoco seamos hipócritas. A todos nos viene bien un buen contrato literario. Creo, más bien, que eso no está mal. Lo que está realmente mal es que tengamos que cambiar la esencia de lo que creemos y lo que escribimos por satisfacer a los ejecutivos que necesitan de nuestro talento para vender.


Insto más bien a que seamos originales y transparentes en lo que sea que nos interese. ¿Queremos hacer arte? Aunque sea un camino cuesta arriba, casémonos con la decisión. ¿Queremos escribir para las masas? Aunque para muchos literatos de casta suene indigno, para mi es un camino que también se puede elegir; siempre y cuando sepamos que eso es lo que queremos hacer, sin mentirnos a nosotros mismos.


El mundo no va a cambiar por estas palabras, pero si nos puede dar luz de tener valor para seguir el camino que elijamos seguir como artistas. No nos puede dar miedo, ni ser tibios al respecto. Nos lo debemos a nosotros mismos y se lo debemos a nuestro talento.

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